La zarza que ardía y no se consumía-3er Domingo de Cuaresma

En este domingo continuamos nuestra preparación cuaresmal. Las lecturas nos presentan la revelación de un Dios que nos ama y quiere que le conozcamos en el pasaje de la zarza que ardía y no se consumía. En el Evangelio Jesús nos exhorta a la conversión que brinde frutos.

“Esto les dirás a los israelitas: ‘Yo-soy me envía a ustedes’”. Exódo 3:14

En la primera lectura de este domingo tenemos el importantísimo pasaje de la zarza que ardía, pero no se consumía. Dios se manifiesta con el fuego, y esto es muy apropiado, ya que de cierta manera el fuego es, de entre los materiales que existe, el que es “menos material.” El fuego nos revela un poco de la brillantez de la gloria de Dios. Hay interpretes que ven en este evento una prefiguración de Jesús, que en su ardiente divinidad habitaría en la zarza de la humanidad, sin consumirla. Ante el llamado de Dios, Moisés responde con prontitud y con una abierta disposición: “aquí estoy;” aunque después tendría objeciones cuando Dios lo manda ante el faraón y dice: “no se hablar…”
La presencia de Dios santifica la tierra, por eso Moisés se quita las sandalias. Dios se presenta recordando la historia de la salvación y las promesas hechas a los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob. El siguiente versículo “he visto la aflicción de mi pueblo” nos muestra el amor y la misericordia de Dios que se preocupa por nosotros. Esto me parece uno de los mensajes más importantes de este pasaje: Dios es un Dios bondadoso que se nos revela, que quiere que le conozcamos. No se mantiene escondido, oculto, sino que quiere que le conozcamos, que le sirvamos, que le amemos. Dios nos ama, y tiene una misión para nosotros, una misión que siempre se desenvuelve en el amor. Esta misión se vive entonces en esta vocación que Dios nos tiene a todos y cada uno de nosotros. Si no sabes cuál es tu vocación, entra en oración y pídele a Dios que te la descubra, para que puedas decir con Moisés: ¡aquí estoy Señor!

“Así pues, el que crea estar en pie, mire no caiga.” 1 Corintios 10:12

Las palabras de San Pablo en la segunda lectura de este domingo tienen un gran mensaje que también van dirigidas para nosotros. El apóstol nos pone de ejemplo los grandes eventos del Éxodo de Egipto, donde Dios mostró a su pueblo su poder salvador. Pablo les recuerda de la presencia de la nube que los guió por el desierto, el mar que se partió permitiendo su paso, el maná que Dios les mandó para saciar su hambre, y las fuentes de agua con las que apagaron su sed. Con todos estos eventos maravillosos Dios les mostró la grandeza de su amor. Pero aun así muchos rechazaron a Dios, y perecieron. Así como en aquel entonces muchos de los hebreos murieron aunque iban acompañados de Dios, y presenciaron sus prodigios en el desierto, así también nosotros no podemos confiarnos de que tenemos la gracia de Dios porque vamos a Misa todos los domingos, o porque voy a congresos, o a grupos de oración. Debemos cuidarnos de no creernos ya salvos y caer. En esta Cuaresma Dios nos llama una vez a volvernos hacia Él y no mirar hacia atrás.

“Piensan que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? – Lucas 13:5

En el evangelio Jesús desmiente una creencia que muchas veces tenemos nosotros cuando pensamos que cosas malas les suceden a la gente por haber hecho algo malo ellas también. Nos dice Jesús: “¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos?” – No, no es el caso. Todos somos pecadores, y todos en realidad mereceríamos eso y más por nuestros pecados. Pero Jesús ha venido a salvarnos de ese destino. Con su muerte nos ha salvado, y nos ha abierto las puertas del cielo, pero necesitamos arrepentirnos de nuestros pecados. La gracia de Dios no puede actuar si no le damos la entrada en nuestras vidas con el arrepentimiento. El enfermo que se cree sano y no toma la medicina, no puede sanar. Por eso la Iglesia nos invita siempre al arrepentimiento, y a la conversión. Arrepintamonos y demos frutos de arrepentimiento, porque ya llegara el día en que llegue el viñador y si no encuentra frutos en la higuera de nuestra vida seremos podados. ¿Qué debemos hacer? Cortar de nuestra vida lo que nos separa de Dios. En este tercer domingo de Cuaresma tenemos la revelación de un Dios que nos ama y quiere vivir en comunión con nosotros, sólo basta darle nuestro “si” para entrar en su presencia.

 


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