Hagan lo que Él les diga-2o. Domingo Ordinario

“Te llamarán con un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor.” Isaías 62:2c

En este domingo retomamos el curso del tiempo ordinario, tiempo de seguir al Señor en el discipulado. La primera lectura de este domingo esta tomada de la última parte del libro del profeta Isaías, parte que fue escrita durante un tiempo de gran esperanza, y de gran frustración con el retorno de los exiliados. La pérdida de la Tierra Prometida fue causa de una gran crisis de fe para el pueblo de Dios. Con el retorno, el profeta puede exclamar: Ya no te llamarán “Abandonada”, ni a tu tierra, “Desolada”; a ti te llamarán “Mi complacencia.” Tenemos que recordad la experiencia del pueblo de Dios, teniendo la certeza en fe de que aun cuando sintamos que Dios no está con nosotros, Él nunca nos abandona y siempre está con nosotros. Así como el cuidado de Dios para su pueblo es expresado en términos esponsales, también así nos ama a cada uno de nosotros, y somos “su complacencia.” Con esta certeza de vivir acompañados y amados por Dios continuamos nuestro peregrinar hasta llegar también nosotros a nuestra Tierra Prometida.

“Cantemos la grandeza del Señor.” – Salmo 95:3

Jesús nuestro Señor lo renueva todo. Él puede devolver la vida al moribundo, y restaurar a la gracia al pecador. El salmista este domingo invita a todos los pueblos a proclamar la grandeza del Señor. Nosotros cantamos un cántico nuevo, porque somos un pueblo nuevo, renovado en su amor y su misericordia. Elevamos nuestra voz constantemente, día a día, como nos invita el salmista. Constante es su amor, y constante debe ser nuestra alabanza. Bendecimos su nombre día con día, iluminados con la luz de su gracia que nos trajo en su gloriosa Encarnación. El salmista nos exhorta a traer nuestras ofrendas a Dios en tributo. ¿Qué podemos dar, si no es a nosotros mismos? Nuestra ofrenda es el sacrificio de nuestros propios deseos humanos, que sólo nos separan de Dios, nuestra fuente de vida. Llenos de fe proclamemos a todos con nuestras vidas que Jesucristo es nuestro rey, a quien servimos siguiendo con alegría su palabra.

“Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu.” – 1 Corintios 12:4

Nuestro Dios es un Dios lleno de amor para con nosotros. En las lecturas de este domingo vemos que Él nos da todo lo que necesitamos, desde el vino faltante en la boda de Caná, hasta toda clase de dones espirituales para la construcción del reino. Dios se manifiesta en una variedad de formas, pero con una unidad garantizada por el Espíritu Santo. “Hay una diversidad de dones, pero un mismo Espíritu,” nos dice san Pablo en la Primera Carta a los Corintios. Aparentemente este comunidad tenían el problema de dejarse llevar por manifestaciones que se presentaban en el culto a los dioses paganos. La prueba de los verdaderos dones espirituales, es que a través de ellos se bendice el nombre de de Cristo. Por eso justo antes del pasaje de la segunda lectura de este domingo Pablo nos dice: “… nadie, movido por el Espíritu de Dios, puede decir: ‘¡Maldito sea Jesús!’; y nadie puede decir: ‘¡Jesús es Señor!’ sino movido por el Espíritu Santo (1 Con 12:3). En estos días que entramos en el peregrinar del tiempo ordinario, pidamos a Dios con fe que su Espíritu se derrame sobre nosotros y nos acompañe siempre.

“Hagan lo que él les diga.” – Juan 2:5

El pasaje de las bodas de Caná nos ofrece amplia oportunidad para la reflexión. La intervención de nuestra madre ciertamente llama la atención. Alguna vez escuche una homilía donde el sacerdote explicaba que María se da cuenta de la falta de vino, porque seguramente estaba haciendo lo que toda buena madre hace: ayudando en lo que fuera necesario, quizás en la cocina. Cuando salimos de nosotros mismos y nos dedicamos a ayudar a los demás nos damos cuenta de sus necesidades. Enterada del problema, María interviene y le hace saber a su hijo. ¡Nuestra madre María desde siempre intercediendo por sus hijos! Juan el evangelista pone este episodio al principio de su evangelio, y al principio del ministerio de Jesús. Tan temprano es en su ministerio, que Jesús responde a la intervención de María “todavía no ha llegado mi hora.” Hasta ahora Jesús no ha realizado ningún signo, ningún milagro. Los sirvientes obran, no por la iniciativa de Jesús, sino por la palabra de la madre que les dice “hagan lo que él les pida.” María como madre de Dios, y madre nuestra se vuelve nuestra intercesora quien se preocupa de que llenemos las jarras de nuestra necesidad, para que Jesús las convierta en el vino de su gracia que nos salva.


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