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Las lecturas de este pasaje nos muestran el poder de Dios sobre la muerte.  Este poder alcanza su máxima expresión en la victoria definitiva de Jesús sobre el pecado y la muerte en la cruz, evento que vamos a celebrar en el Triduo Pascual.  En esta semana pongamos nuestra confianza en el poder de Dios, quien es el Rey del Universo, soberano sobre la vida y la muerte, y entreguémosle nuestras vidas.

En la primera lectura el profeta Ezequiel nos habla de la restauración que Dios realizaría con su pueblo al regresarlos a la Tierra Prometida. Con la destrucción del templo y el exilio a Babilonia, el pueblo de Dios ha sido destruido, son como esqueletos en la tumba, como describe la visión del profeta. Pero Dios manifiesta su amor misericordioso y su brazo poderoso abriendo la tumba y restaurándolos a la vida regresándolos a la Tierra Prometida. Con este mismo poder restaura Dios Padre a Jesús de la muerte, resucitándolo de entre los muertos. Con este mismo poder Dios infunde su santo espíritu en nuestras almas muertas por el pecado, y les da una nueva y maravillosa vida. Una nueva y maravillosa vida en la gracia, compartiendo la vida misma de Dios.

Debemos de entregarnos a la misericordia de Dios que hace estos grandes prodigios, si, pero también tenemos que poner de nuestra parte. Por eso San Pablo nos dice en la segunda lectura que debemos vivir no de acuerdo a la carne, sino de acuerdo al Espíritu de Dios. Para San Pablo vivir de acuerdo a la carne significa no solamente el darle rienda suelta a deseos e inclinaciones carnales, sino que también se refiere en vivir de acuerdo al mundo. Vivir de acuerdo a este mundo, donde todo esta bien mientras te de placer, donde se mata a los inocentes, donde el centro de todo es el “yo.” Vivir de acuerdo a esto va en contra del Espíritu de Dios que fue infundido en nosotros en nuestro bautismo y que nos ha convertido en hijos de Dios. Para vivir en esa alegría que anhelamos tenemos que vivir de acuerdo al Espíritu. Si queremos vivir en comunión con Dios por toda la eternidad, debemos vivir de acuerdo al Espíritu, ya que el Espíritu de Dios es el que resucitó a Cristo, y es por él que resucitaremos a una nueva vida al final de los tiempos.

En el evangelio Juan nos presenta el tan conmovedor pasaje del milagro de la resurrección de Lázaro. En cierta forma, este milagro es un anticipo de la resurrección misma de Jesús, y muestra su poder divino. En el evangelio de Juan los milagros de Jesús son llamados “signos,” y son dados para llevarnos a creer, como Jesús mismo dice “para que el Hijo de Dios sea glorificado.” Este milagro certifica su divinidad y apunta hacia nuestra propia resurrección en los días finales. Este pasaje nos muestra el lado humano de Jesús, que se muestra visiblemente conmovido ante la muerte de su amigo Lázaro y derrama sus preciosas lágrimas. Así tal es el amor de Jesús por nosotros cuando caemos en el pecado y sufrimos una muerte espiritual. Tan grande es su amor por ti y por mí, que Jesús lo da todo, incluso su vida, para salvarnos de la muerte.

 

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Lecturas de este domingo: http://cms.usccb.org/bible/lecturas/053120-day.cfm

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