4o. Domingo de Cuaresma-Volveré a la Casa de Mi Padre

 

En las lecturas de este domingo la Iglesia nos exhorta a la conversión, volviendo a la casa del Padre como lo hizo el hijo pródigo.

“Celebraron allí la Pascua el día catorce del mes, a la tarde, en los llanos de Jericó.”

En esta primera lectura para el cuarto domingo de Cuaresma tenemos del libro de Josue esta lectura donde el pueblo de Dios comenzaba a establecerse en la Tierra Prometida, después de cruzar por la aguas del Río Jordán. Así como su liberación comenzó cruzando las aguas del Mar Rojo, aquí termina una vez más cruzando las aguas, esta vez del Río Jordán. Todo esto prefigurando nuestra propia entrada a nuestra salvación, nuestra Tierra Prometida por las aguas bautismales. Con este evento, nos dice la Escritura, se termina la humillación y el oprobio que habían experimentado con la esclavitud en Egipto. Con este evento el pueblo de Dios entra en una nueva etapa en su vida. Se renueva la alianza con Dios celebrando la Pascua (ya anteriormente a este pasaje se había renovado la preparación a la Pascua con la circuncisión de todos los varones), terminando el proceso de formación como nación. ¿Qué mensaje tiene este evento para nosotros? Nosotros hoy en día también hemos sido transformados por las aguas bautismales. Nuestra vida también es un peregrinar hacia la Tierra Prometida. Nosotros también pasamos por pruebas y tentaciones por el desierto de nuestras vidas. Jesús ha venido a mostrarnos que el camino seguro en este peregrinar es siguiendo la voluntad de su Padre. Que esta Cuaresma sea un ejercicio en alejarnos de lo que nos separa da Dios, para poder así nosotros también celebrar gozosamente de la Pascua.

 

“Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo.” 2 Corintios 5:17

San Pablo nos enseña que los que estamos en Cristo somos una nueva creación. Seguramente reflexionando en su propia experiencia de conversión, Pablo sabe que el que encuentra a Cristo no puede permanecer el mismo de antes. Así también es con nosotros: prueba de la presencia de Dios en nosotros son los cambios que experimentamos en nuestras vidas. Si nos sentimos como “el hombre viejo,” cayendo en los mismos vicios, los mismos errores, los mismos pecados, lo que necesitamos quizás es renovar nuestra conversión hacia Cristo. Para nosotros la conversión no es cosa de un instante, sino un proceso que dura toda la vida, con un constante peregrinar, paso a paso hacia la casa del Padre. “Todo es nuevo,” nos dice San Pablo, y es que con la Encarnación de Jesús, con Dios “poniendo su tienda entre nosotros,” se ha efectuado un cambio radical en nuestra situación. San Juan Crisantemo nos dice algo muy a propósito de las lecturas de hoy: con Jesús, en lugar de un templo material hemos visto un templo espiritual. En lugar de tablas de piedra que sostienen la ley divina, nuestros propios cuerpos se han convertido en el santuario del Espíritu Santo. En lugar de la circuncisión: el bautismo. En lugar del maná: la Eucaristía. En lugar del agua de una roca: sangre y agua de su costad. En lugar de Moisés o la vara de Aaron: la cruz del salvador. En lugar de la Tierra Prometida, el Reino de los Cielos. Así vemos como en Jesús todo es transformado. Que Él mismo transforme nuestras vidas en esta Cuaresma.

 

“Traigan el mejor vestido y vístanlo, pónganle un anillo en la mano y unas sandalias en los pies.” Lucas 15:22

Dios es amor, y Él busca siempre llenarnos de su amor, su perdón y su misericordia. Esto lo vemos maravillosamente ilustrado en el pasaje para el evangelio de este domingo, conocido como “la Parábola del Hijo Prodigo.” En esta parábola nosotros somos representados por el hijo, rechazando a su padre y saliendo de su casa hacia un país extraño. Nosotros también hemos rechazado al Padre, y hemos preferido seguir nuestra en lugar de seguir los preceptos de Dios. Hemos preferido una vida donde hemos desperdiciado el tesoro de su gracia. Dios es el padre amoroso de la parábola, siempre en la espera del regreso de su hijo. Así es Dios para nosotros hoy, con una inmensa paciencia, dándonos toda oportunidad de recapacitar y volvernos hacia Él. Dios es un Dios de misericordia, pues aun nosotros siendo pecadores nos ha mandado a su Hijo para salvarnos. Sin merecerlo nos ha reconciliado con Él por la cruz de Cristo. En esta Cuaresma Dios nos da una oportunidad más de reconocer, como lo hizo el hijo pródigo, que se vive mejor en la casa del Padre. Que con su gracia podamos arrepentirnos de nuestros pecados y volvernos así hacia Dios.


 

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